Crascita en mi pecho tu cuervo. Es negro, cual brea de luto. Recuerda al oprobio de un pasado acerbo y marchito, un pasado tormentoso de algodones embarrados. Pretendí volar a lo más alto y me estrepité contra el cemento, tiñendo de magenta el refulgor de mis mejillas. ¡Qué no daría yo por ser disidente del tiempo! ¡Qué no daría yo por hacer frente a esos besos caducos, a tus caricias lijadas, a los confites infectados con el gusto de tu lengua! ¡Qué no daría yo por beber de esa mirada embelesada, donde objetividad era reclusa de ternuras infinitas! Pues entregada y feligresa era en tus brazos, comulgando con la mente de mi hermano siamés. ¡Qué traicionera es la ira! Perpetrada por mentiras travestidas de verdad, en las que ardiente era tu frío y medrosa tu valentía. Oteaba tu soplo imperial, sin reparar en que eras libre en una jaula de patrañas. Sometida, avasallada en la penumbra de tan vana ensoñación, mi fiereza leonina prendió fuego a tu satén, y las velas perfumadas dieron paso a la epidemia de una ceguera más terca que las sogas que me asfixiaban. Seca quedó la ceniza, cual asceta en su atalaya. Fría, blanca, muerta, como el último sello de nuestros labios helados. Dices que por ti yo soy la persona que hoy te escribe; mas plantea quién guerreó siempre por tus sueños. Pregúntate quién encumbró tu sumario, quién tradujo en oraciones los artículos de la indefinición. Quién vendía sus anhelos por las horas a tu lado. Quién se esconde cuatro años tras el céfiro de la ofrenda. Por ti yo entregué mis horas, por ti yo entregué mi cuerpo, por ti yo entregué mi lienzo, y en él se esbozó tu borrón. Un borrón que hoy es tan mío como el eco de tu nombre. Un borrón que no mendiga, pero ruega tu perdón.
Mas atiende a mi palabra, cuervo viejo y quisquilloso, pues de la sal de mis ojos se alimentan estos lirios. Y es que soy Luna inconsistente, contemplando tus mareas. Luna sólida, argentina y bella en la dichosa travesía hacia la eterna lozanía infantil. Que aunque lejana me halle, mi luz guía las aguas de tu océano sin fondo, y en mi rostro se perfila una sonrisa de esperanza. No importa que te pierdas en los iris azulados de productos sucedáneos a lo que en su día te di. No importa que deambules en los cuerpos de otras locas que prediquen libertad con el hueco entre sus piernas. Liberal soy a mi mundo, liberal a mis promesas. Liberal para decirte una verdad que, quizá, nunca llegue a tus pupilas tristes.
Hay cabida para embustes, hay cabida para heridas. Mas proclive es el unicornio a la sanación, y a besos curo las llagas que agrieté con mis ultrajes. A besos curo el rencor que me impide ir a buscarte. A besos curo el orgullo del juramento repudiado. A besos te curo a ti. A besos explico, a besos comprendo, a besos te escribo.
Addah Monoceros.